sábado, 21 de enero de 2012

Miguel Salazar: Las encuestas mienten. Por ahora, Chávez pierde por dos puntos

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Miguel Salazar afirma en su columna de este viernes en Las Verdades de Miguel que "no habría sorpresa" si el presidente Chávez pierde las elecciones presidenciales. Afirma que los "propagandistas del gobierno lo tienen convencido de una victoria, aunque resultará cuesta arriba. Dice que esos mismos no saben que "irrespetando a los ciudadanos y abusando de sus necesidades se pierden las elecciones".

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Indica Salazar que "Chávez comienza a perder respeto y credibilidad" por el trato al tema de la vivienda y la inseguridad. Asegura que "otro de los errores graves es el haber personalizado la revolución, porque de esa manera se le sujeta a la existencia del líder quitándole su carácter permanente".

A continuación la columna completa:

Alerta. Así se pierden las elecciones. Ya lo advertí con anterioridad: las encuestas mienten. Para mí no hay sorpresa si el resultado es contrario a la reelección. Por ahora, Chávez pierde por dos puntos. Los estrategas de Miraflores se equivocan cuando insisten en crear una matriz de opinión para hacerlo aparecer como el virtual vencedor de las elecciones del 7-O.

Con ella no evitan una derrota sino que la disfrazan. Contraviniendo los principios de todo revolucionario se apoyan en la práctica populista, aquella muy usual en tiempos de la IV República. Los propagandistas del Gobierno lo tienen convencido de una victoria holgada, aun cuando saben que el triunfo le resultará muy cuesta arriba. Ellos mienten porque viven en el mundo de Aldous Huxley.

El dinero erogado como impulsador de políticas sociales, por demás justas, contribuye notablemente al excedente del circulante y, por lo tanto, termina siendo un boomerang reflejado en una inflación cada vez más alta que convierte en sal y agua la capacidad adquisitiva de las mayorías.

Paradójicamente, si al caso vamos, ese dinero no aumentará para nada el caudal de votos favorables al proceso; ciertamente, fortalece al sector que engrosa buena parte de ese 50% que lo sigue viendo con simpatía, pero no acerca siquiera a una parte de la mitad que lo adversa.

Claro que una política acertada seduciría a los contrarios e inclinaría la balanza a favor de su reelección, pero aun así ese esfuerzo se diluiría ante el llamado poder comunal, ese que se tambalea en medio de la corrupción. Chávez se equivoca cuando estima que aquellos que a lo largo de más de 50 años han sido los mercaderes del rancho son ahora capaces de sustituir la planificación y el urbanismo para resolver por cuenta propia, entre otros, el problema de la vivienda.

En cuanto al problema de la delincuencia, si el Gobierno quiere encontrar una de las razones de la misma, tiene que advertirla en la voracidad de los industriales del rancho, quienes no sólo convierten los espacios verdes en tierra arrasada, sino que, además, contribuyen a brindarle campos a la delincuencia.

Mientras se multiplican geométricamente las construcciones improvisadas, también se expande el delito. Además, no hay manera de combatir la delincuencia cuando la mayoría de los funcionarios actúa como si Venezuela se tratara de un país de paso. Otro de los errores graves es el haber personalizado la revolución, porque de esa manera se le sujeta a la existencia del líder quitándole su carácter permanente.

Por ese motivo Chávez comienza a perder respeto y credibilidad. Por ejemplo, de nada le ha servido ordenar que sean retiradas las vallas con su imagen; todo lo contrario sus subordinados, burlándolo, extreman el culto a la personalidad, no porque deliren por él sino porque proyectándolo como un ser supremo le ponen fin a la revolución.

Ocurrió con esa orden y otro tanto con la de no enviar una gota más de asfalto al extranjero hasta que no fueran pavimentadas todas nuestras carreteras; para muestra un botón, ojalá se le ocurriera recorrer cualquier vía venezolana en su propio vehículo, estoy seguro de que lo dejaría sin tren delantero en las primeras de cambio. De nada le ha servido regañar públicamente a sus subalternos porque ellos responden con una conducta similar a la asumida por los pecadores ante la amenaza del candelero eterno, todos le temen pero pareciera como si el temor a consumirse en el fuego los obligara compulsivamente a retarlo.

Las elecciones se pierden porque la necesidad de improvisar nos persigue como una maldición proferida en el tiempo de los tiempos. No hemos podido resolver la incógnita de si queremos un país revolucionario o uno misionero. Tal pareciera que hemos optado por lo segundo, por todo aquello que nos hace provisional. Es muy cerrada la brecha entre lo misionero y lo menesteroso.

Ciertamente, la revolución es amor, pero este no hay que confundirlo con la sobadera y el besuqueo, y eso es precisamente el populismo. No hay revolución con masas lloronas que al procurar satisfacer sus necesidades básicas dan gracias al “benefactor”.

Me pregunto si los propagandistas de Miraflores no sabrán que atribuyéndole los logros alcanzados a la gracia de Chávez están minimizando el papel del pueblo en el proceso. No hay que ir muy lejos para entender que de esa manera, irrespetando a los ciudadanos y abusando de sus necesidades se pierden las elecciones.

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